Ryu y el lugar al que pertenecemos

La lluvia producía diferentes sonidos en distintos lugares, Al ser absorbida entre la hierba, la gravilla o la tierra, sonaba como una Orquesta de pequeños instrumentos musicales. era la bajada de la heroína.

Ryu Murakami

Desde pequeños buscamos la aprobación del otro, compartir es la base del sentimiento de confort. Ser reconocido es una de las metas de la niñez y al niño que no quiere esto se le declara enfermo, sufre de algún síndrome que lo aleja de la sociedad, es un augurio del futuro lleno de malas amistades y problemas para funcionar en la sociedad. Estas acusaciones pueden ser clínicamente ciertas, en algunos casos, somos seres de carne naturalmente expuestos a los fallos biológicos. Pero ¿Qué pasa cuando no es así? ¿Salirse de las preconcepciones naturales de la sociedad es un acto de rebeldía en contra de la nación? Según lo planteado por Ernest Gellner sí, esto pues, para sentirse identificado con Otro ser humano se necesita de la cultura como elemento que sitúe en un mismo supuesto a dichas personas. Esto no tiene nada de raro, pero Gellner propone que no importa la voluntad del hombre porque la cultura es impuesta por el estado.

 Ahora, esta afirmación haría que cualquier persona refutara con fuerza al argumentar que existen culturas olvidadas, que pertenece a un grupo social casi desconocido, que nadie se mete con su individualidad, que sus decisiones no le pertenecen al estado. Nada más cierto en el centro de la autocomplacencia que nos mantiene cuerdos, pero si hacemos una búsqueda en el pasado, toda relación cultural proviene de los grupos que se establecieron en una porción de tierra que llamaron hogar, grupos en una sociedad agraria que los llevo a convivir y soportar al otro. La comunicación lograda y la necesidad de protección de los grupos hacen decisiones que beneficien a la mayoría. Mayoría que impone sus decisiones ante los pocos que estén descontentos con lo que está pasando.

Se podría afirmar que este es el principio de la multiculturalidad que existe en el mundo, «Los unos, contra los otros». Sinceramente, no importa a donde el camino del autodescubrimiento lleve a cada uno de los seres conscientes del mundo, todos siempre llevaran consigo una decisión que no fue propia, las casualidades que no lo dejan elegir desde un principio quien se quiere ser, no hay un inicio virgen para nadie. La afirmación de Gellner es basada en la modernidad que proporcionó la sociedad industrial, donde se suponía que a todos los individuos se les integraban en un sistema global único sin importar clases sociales y se manifestaba un sistema de identidades. Así, cada uno podría definirse y diferenciarse del otro, o ¿no?

Pues no, solo es necesario reconocer y definir los rasgos de la sociedad a la que se pertenece y las condiciones que la conforman para poder encasillar a una persona. Todo muy triste, porque la palabra nación solo nos encadena a una porción de tierra, con una cultura impuesta para que nos defina como seres tanto políticos, culturales y hasta espirituales. Aunque no todo está perdido, digamos que esto es solo el material con el que contamos desde que nacemos.

Estar encadenados a un pasado no define nuestro futuro y no hay que creerse el cuento de «quien niega la patria, niega a la madre» Amar el lugar en el que se nació, solo por nacer ahí es una imposición hecha por el descaro que tiene la aleatoriedad. Sentir presión, que te llena de odio por la situación que te tocó, es un sentimiento indeseable porque «el que niega la patria, niega la madre». El cambio estructural que han sufrido las políticas de los países a lo largo del mundo gracias a sus conflictos étnicos, nacionales e internacionales, sugieren que las naciones no son las mismas de antes, pero el sentimiento de nostalgia hacia un pasado brillante, la esperanza por un futuro mejor y el olvido y desconocimiento de una realidad inmediata nos permite decir «el que niega la patria, niega la madre».

Decir que la música de Héctor Lavoe me gusta por cómo me hace sentir, como me evoca una sensación bohemia que implica fumar con estilo y tener la imagen de la mujer curvilínea danzante en mi cabeza me vuelve latino. Pero, decir que no soporto el vallenato, porque tuve que soportarlo una y otra vez en cada espacio cercano a mi niñez, con adultos borrachos, los cuales tenían una imagen que me generaba desprecio por la humanidad y deseos de nunca ser así, me convierten en un mal patriota, un mal colombiano, el vallenato es patrimonio cultural de Colombia «el que niega a la patria, niega a la madre».

No, amigo lector, estas palabras impuestas a través de una mística auto reconocedora de patriotismo y nacionalismo estúpido no puede cegarnos a nuestra propia realidad. Negar a la patria se hace por un desconocimiento de identidad, del sentir de no pertenecer a un lugar, a una comunidad, a la sociedad. Y, tampoco implica que por ser consciente del lugar y la cultura de la que vinimos, tenemos que repetir y hacer todo esfuerzo para perpetuar a esta en la memoria de todos, tenemos derecho a que no nos guste el lugar de donde venimos. Con esto no quiero decir que sea necesario un odio irracional al pasado, sino que la identidad es una creación y construcción humana, propia del individuo y sus experiencias. Prefiero la definición de nación que nos da Ramon Máiz, define nación como: «Nación es un cuestionamiento metafísico acerca del fenómeno humano, de su origen y, por antonomasia, de su identidad».

Llegando a esto, no quiero ahora me dediquen la canción de los Prisioneros — Por qué no se van. Este ejercicio reflexivo que hago es porque hablar de nación, es hablar de un lugar al que se pertenece, de una comunidad a la cual supuestamente todos deberíamos querer mejorar y hacer que sea un lugar idóneo para todos. Pero me piden eso de un lugar lleno de regionalismos y falsos patriotismos disfrazados de goles. De esfuerzos individuales hechos por piernas de ciclistas, celebrados como si cada envión dado por ese músculo fuera hecho por todos, solo por verlo a través de una pantalla. De hecho, creo que se necesita juzgar el lugar para poder mejorarlo, rechazar todo tipo de malos comportamientos arraigados como rasgos culturales de un colombiano y no disfrazarlos de más dichos estúpidos como «el vivo vive del bobo» y todos sus derivados. Hacer este ejercicio solo agrandó en mí la incógnita de saber a dónde pertenezco.

Al ser hijo de la modernidad y vivir en la supuesta post-modernidad, sufro del mal de fin de siglo (decadencia espiritual). No me puedo acomodar a las religiones y siento que la moral se convirtió en una excusa para hacer actos buenos o malos según se desee. En esa búsqueda de la identidad me encontré con un Ryu Murakami quien, en su obra Azul casi transparente, muestra una realidad que se presta para tratar de entender esta falta de identidad que me aqueja (o aqueja a más de uno). En la realidad de este libro, los protagonistas viven y conviven cerca de una base norteamericana en Japón. Llenos del mismo mal de fin de siglo, tienen una vida desenfrenada llena de drogas, sexo y promiscuidad. Todo esto con la doble nacionalidad que les proporciona vivir cerca de una base norte americana. ¿De dónde proviene su cultura? ¿La juventud llena de excesos es la japonesa o solo es un reflejo de la juventud gringa?

Estos personajes, aparentemente vacíos, que solo se ven humanizados por la música y animalizados por el sexo extremo, ¿Pueden estar marcados por su pasado al punto de decir que la cultura que se les impuso los convirtió en lo que son, o son el resultado de las circunstancias vividas en su entorno y el sentimiento de soledad y abandono que los permea sin importar las condiciones socioculturales de su pedazo de tierra? Leí la novela por tercera vez para tratar de entender esto y no pude llegar a una conclusión, pero claramente la falta de identidad es un problema que los personajes que llevan en sus vacíos cuerpos, es claro que los excesos son un método para clamar ese vacío que los aqueja. Llegué a pensar que es un problema de no querer pertenecer a nada, ya que ellos son conscientes de la solución a sus problemas y cómo poder mejorar sus vidas, tienen el poder de cambiar esto, pero significa un esfuerzo que no les gusta y un cambio que no quieren aceptar.

Al buscar otra obra de Ryu que tuviera personajes tan ajenos a sí mismos para ver si encontraba algo más sobre la falta de identidad, y por ende falta de nación, me encontré con una película que me dio otra mirada de este país. Tokyo Decadence es una obra voyerista de 135 min donde podemos ver la vida de una joven de 23 años entrando al mundo de la prostitución. Pero ella no es cualquier prostituta, ella se convierte en una prostituta de lujo, la cual es destinada solo para los hombres más ricos de Tokio, mafiosos y personajes importantes (políticos). Los expertos denominan a esta película como una radiografía de un Tokio escondido en su modernidad, bajo toneladas de concreto que cubre los edificios más modernos de la ciudad y, podría estar de acuerdo con ellos, si la trama de la película y su tema central no fueran un amor no correspondido que sufre la protagonista. La película nos muestra una realidad con más de 80 minutos de escenas sexuales y fetiches que mueven a una chica de 23 años, desde perder todo valor por su cuerpo hasta los límites del dolor en su carne, para darnos a entender que posiblemente el dolor que no puede resistir es el desamor que obviamente el director, como autor, no le va a otorgar.

En mi desconcierto, recordé que este tipo de cosas no solo las he visto en la lejanía. De hecho, desmembrar la condición humana es la forma más codiciada de narrar de cualquier escritor. Pero por esto no puedo decir que esa parte oscura de Tokio no hace parte de la nación japonesa, pero podría decir que, esa ciudad de cemento y neón ¿Es una nación por sí misma? Según Pascual Mancini, el creador de la definición moderna de nación, se le llama nación a una asociación natural de hombres que comparten territorio, costumbres, lengua, conciencia colectiva y estado. Y si comparamos esta definición con este lugar que funciona de una forma organizada, donde los habitantes respetan unas costumbres fetichistas, que se hablan con el mismo lenguaje, que comparten un territorio, que seguramente tengan una política dentro de su reducido grupo para poder funcionar, ¿son una nación? Antes que alguien diga que una nación es más grande o que no hay un pasado cultural o que no sea algo que pueda definir la identidad de alguien. Solo le puedo decir que está equivocado, que sin importar lo grande o pequeño, en ese mundo las personas se identifican en roles escogidos por gustos, que hay imposición de cultura y que las que tendrán que aguantar la decisión de la mayoría podrían ser las prostitutas o algún descendiente de un poderoso que acude a ellas y que la prostitución como profesión es un acto cultural que persigue a la humanidad desde la antigüedad.

De esta misma forma puedo hablar de la nación de la coca, como en muchos lugares siguen llamando a Colombia, o la nación del fútbol, como alguna vez escuche ser llamada a Brasil, o la nación del tango, como se llama a Argentina, o la nación del café o la felicidad como también ha sido llamada Colombia, para no nombrar cosas malas únicamente. Nación solo es un término para encerrarnos y difuminar la línea de la identidad, es un término para atacar, para decir que «si no estás conmigo, estás en mi contra», para ampliar la palabra orgullo sobre los logros de los demás. Es muy triste ver gente tratando de convencer a los demás de cuál ideología política o religiosa es mejor, de por qué uno es malo por no querer las raíces indígenas, de que por ser un poco ignorante ya no puede ser parte de la solución de un país, duele ver cómo es tan fácil juzgar a alguien porque su pasado no inmediato lo marcó desde antes de nacer. Con esto no quiero quitarle la responsabilidad a los verdaderos mal patriotas, ni disculpar la ignorancia de la gente, con esto quiero hacer un llamado a respetar las decisiones de los demás y dejar que quien quiera pertenezca a donde se sienta mejor.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Tropecé por casualidad con este texto y me parece muy esclarecedor de muchas cosas que nos afligen, la nación tóxica, la nación como un cerrojo o una corneta. Excelente.

    Me gusta

Deja un comentario