
Todos los días me imagino con el poder absoluto y qué haría con él. No puedo leer, mirar, escuchar o ver cosas que sean irreales porque me pregunto entrando en ensoñaciones cómo sería si yo pudiera hacer tal cosa. Siempre soy yo el protagonista de aquello, nada de compartir mis logros. Podría beneficiar al alguien con mi poder o hacer la vida de alguien más fácil, especialmente la vida de mis seres más queridos, pero nada de compartir mi ser. Hace poco leí una historia de boxeo y de repente mi rutina de ejercicios tenía jabs y cruzados, camino por ahí con la guardia en alto y veo cómo la mandíbula de mi mamá está descubierta para un knockout fácil. Ya no veo ese deporte como el que golpea más es el que va a ganar.
El problema de soñar de esta manera es que la nostalgia te llena de vacío. ¿Cómo se llena algo de vacío? Simple, la nostalgia te hace recordar cómo no usaste tu tiempo para ser boxeador. No importa que no hubieras tenido las condiciones físicas, ni que tu coordinación sea un asco, nada de lo lógico importa. La nostalgia siempre va a atacar a ese pequeño rincón de razón que hay en ti, siempre golpeará en donde no te puedes defender, en esa parte blanda donde se concentra la culpa y del dolor grita “¿Por qué no aproveché el tiempo?” Ese constante recordar de qué hubiera pasado si hubiera hecho otro tipo de cosas, ha germinado en la cabeza de cualquier persona en el mundo, eso es claro. Pero, ¿cómo lidiar con la ficción que aparece cuando modificas los acontecimientos de tu pasado? He reconstruido mi vida de muchas formas y en mi crece un deseo de viajar en el tiempo para ver ese posible desenlace distinto en mis historias.
Cada día un espacio temporal diferente, una profesión distinta, diferente tipo de gente me admira por diferentes tipos de cosas. Me he ganado el baloto como mil veces, he salvado a Gaitán, Galán y Garzón, he sometido a Gaitán, Galán y Garzón porque no hicieron nada y la gloria de su muerte se perdió, etc. Y así cada día pasa por encima de mí, solo me queda enloquecer. El problema es que enloquecer no se logra tan fácilmente, es un proceso que implica una rutina de pesados sentimientos, no importa si son buenos o malos. Solo hay que ver a don Alonso Quijano, el amor por las aventuras lo consumió y pudo imprimir en su ser todo lo que leyó del pasado y lo vivió en su presente sin importar qué, no tengo su misma determinación y me da miedo morir abandonando mi sueño como lo hizo el, pero lo importante es que lo vivió. También viene a mí la vida de Billy Pilgrim. Él al poder ver su vida desde distintos puntos en el tiempo entró en un letargo rutinario donde veía su fin e inicio constantemente. Él hizo contacto con los tralfamadorianos y vio como esta raza no concebía el tiempo de una forma lineal y ellos al igual que Billy podían ver distintos puntos en el tiempo, pero ellos conocían el fin del universo y seguían viviendo igual, sin afanes. Solo los humanos dejamos que nos consuma el tiempo.
Tanto a Alonso como a Billy la rutina los enloqueció, pero insisto que los dos pasaron por una vida de personas únicas, de esas que las rutinas los lleva más allá de la muerte del espíritu. Mientras tanto yo sigo con mis ensoñaciones, con un buen trabajo de pies, pero hundido en la laguna de lo onírico. Ahora, ¿Cómo voy a decir que la rutina es mala si mis referentes que se sumergieron en ella vivieron a lo grande? La rutina es inevitable, de hecho, es parte importante del mundo. Cada profesión que hace mover la vida en esta tierra tiene rutinas definidas. Desde el panadero hasta el explorador más milenial que vive de internet, nadie puede escapar de ella. Siento que la rutina es necesaria como cualquier otro mal de la vida. Ser inconsciente o libre de ella crea seres ajenos a su entorno, conocerla, pero no vivirla hace seres alejados de su contexto donde criticar es muy fácil, los seres que la viven, pero no pueden librarse de ella se vuelven miserables y los que la superan o pueden vivir a su lado son sabios, uno de los tantos ciclos de la vida.
Esto suponiendo que la rutina vivida sea mala. He escuchado de gente que se cansa de repetir las cosas buenas, yo no hago parte de ese grupo y eso me aterra. Cuando la nostalgia me ataca no solo se encarga de recordarme de lo que pude ser, sino, también me recuerda esos días en que tenía unas rutinas maravillosas. Ir al colegio todos los días las mismas 6 horas, Almorzar y salir. Todos los miércoles fútbol por la tarde y todos los viernes micro fútbol. El resto de las tardes jugar videojuegos con mis amigos, repitiendo una y otra vez el mismo juego para ver quién era mejor. Veía las mismas caras una y otra vez, con las cuales compartía el tiempo recostado sobre un pastizal solo hablando de bobadas las cuales también repetíamos mucho. Entonces el tiempo me consumió y la vida cambió, lentamente vi morir mi entorno y ese pequeño mundo de rutinas maravillosas fue heredado por alguien más y peor aún con el tiempo mis lindas costumbres murieron con la tecnología.
No voy a decir que todas las rutinas son una maravilla, la mía, la de soñar por todo tiene sus altos y bajos. Pero las rutinas impuestas por otros son las más peligrosas. Esa cosa llamada “trabajo” consume a un ser humano en beneficio de otro y cuando el individuo se engaña y dice que es en beneficio propio, se consume más rápido con la ilusión de alcanzar metas monetarias que provienen de la miseria del lugar de nacimiento y no de un sentimiento de felicidad. Pero algunos de ustedes apreciados lectores me dirán: Señor, gran escritor titular de la revista Oopart y campeón de los pesos súper pluma, yo Fulanito, disfruto mi trabajo y la casa que quiero comprar siempre ha sido mi sueño. A lo que yo le respondería: Gracias querido lector, pero olvidaste decir que conquisté tres categorías de peso y he defendido mi título tres veces seguidas, además, con respecto a la aclaración que me haces, te preguntaría a ti y a todos los lectores ¿Disfrutas lo que haces? ¿Sientes que eres algo más que una pieza de una maquinaria? ¿Puedes avanzar y no te tienen en un puesto donde haces lo mismo todos los días? Si me respondes que sí, querido amigo no estás trabajando, no estás cambiando esfuerzo por dinero, no le estás regalando la vida a otra persona a cambio de papeles que cambian de valor según un mercado al que casi o nada pertenecemos. Ya teniendo eso claro compra las casas que quieras que ya estás viviendo un sueño. Lo aterrador es la gente que queda atrapada en este mundo, 8 horas todos los días muriendo y el poco tiempo libre que queda solo sirve para descansar.
Volviendo a los personajes únicos, Don Alonso se enfrenta a la tragedia de su época. La decadencia de valores y la tristeza de toda una tierra lo invitan a dejar su rutina para salir a vivir, vivir en honor de lo que ya no es, en desprecio a lo nuevo por degenerado y absurdo, es más coherente un molino como gigante que una nación que se cree gigante. Por el lado de Billy, la tragedia de Dresde es el punto central de su vida, en sí no vive una rutina, pero observa su vida de forma rutinaria, la examina y revive una y otra vez. Se da cuenta de la persona que es, de las cosas que no quiso hacer pero que hizo de todas formas para un supuesto bien que en el futuro se vería recompensado, pero se da cuenta que no quedó nada de él después de Dresde, el matadero donde vivió como prisionero de guerra lo definió como ser humano hasta la muerte, o, mejor dicho, su nueva vida de locura. Los desastres definieron su locura, y la locura lo sacó de la rutina.
En mi retiro, luego de la demencia pugilística causada por la repetida rutina de golpes en mi cabeza, siento que no pase por la locura, sino que ya nací loco y nacer fue esa gran tragedia que me sacó de la rutina. Los médicos dicen que es una cosa llamada déficit de atención y yo lo llamo aburrimiento. Al parecer rutinas tuve muchas, pero nunca las noté como tal y vivir en ensoñaciones eran las alucinaciones que me perseguían, pero no me quitan las ganas de golpear directo al hígado y hacer temblar las piernas del oponente. Todo me lo gané con estos puños, otros días me lo gané con estas piernas, casi nunca me gané nada estando sentado y eso que un día fui escritor.
